sábado, 11 de septiembre de 2010

...y la realidad "real"

   Entre la realidad acolchada de los entornos controlados y la realidad anestesiada de lo cotidiano, existe una mucho más sutil pero, quizá, la más difícil e importante: la realidad que yo llamo redundantemente "real".
   Mientras que en la realidad acolchada puedes ser consciente sin problemas porque no hay distracciones ni amenazas que te pongan a prueba pero, en realidad, tampoco hay nada interesante con lo que distraerse, y en la realidad anestesiada está todo lleno con las distracciones de la publicidad evidente o encubierta, de las personas que se te acercan interrumpiendo sin ni siquiera esperar a que acabe la anterior con la que estás, de las amenazas de que algo se te caiga encima, o te atropelle un camión, etc... La realidad "real" es aquella que sin salirse de un entorno cotidiano, mantiene la atención y la concentración.
   Estaba yo especialmente atento y alerta durante esos primeros días tras el curso de yoga, y me daba cuenta de algunas cosas a las que jamás habría prestado atención de no ser por ese nivel de concentración. En una de esas ocasiones tuve que coger una herramienta que se hallaba detrás de una estantería pegada a una pared. Para entrar en un espacio tan estrecho tuve que ponerme de perfil, agarrarme a la estantería e inclinarme lateralmente poco a poco. Si yo no hubiera hecho yoga, me habría inclinado sin pensar, lo habría intentado hacer lo más rápido posible, y al volver a incorporarme podría haberme lesionado. Pero como estaba concentrado pude notar cómo me inclinaba vértebra a vértebra, poco a poco, cómo se comprimía un lado de mi cuerpo y se estiraba el otro, en una postura muy similar a lo que en yoga se conoce como Trikonasana o "postura del triángulo". Sí, todo el mundo hace posturas muy parecidas a las de yoga, y muchos se sorprenderían si les dijeran que hacen posturas mucho más difíciles que la mayoría de las que se hacen en una clase de yoga habitual. Justo antes de alcanzar con la punta de los dedos e incorporarme noté cómo estaba llegando al límite de mi "trikonasana", cómo si me inclinaba un poco más podía lesionarme, como le pasa a mucha gente al hacer gestos inconscientes con el cuerpo.
Trikonasa o "postura del triángulo"
   Dos apuntes, primero: cualquier "vecina del cuarto" ya jubilada hace posturas más difíciles que muchas posturas avanzadas de yoga, y lo demostraré en la próxima entrada. Segundo: ¿por qué tiene más mérito y es mucho más difícil ser párroco o cura en un instituto que ser un monje o monja de clausura?. Porque los monjes de clausura están en un entorno controlado o, como digo yo, en un entorno acolchado, mientras que los párrocos o los curas que enseñan en un instituto están rodeados justo por los distractores (o tentaciones) que evitarían cumplir sus votos.

viernes, 10 de septiembre de 2010

La realidad anestesiada

   Nada más volver a mi trabajo, no sé si exactamente el primer día, pero si no, al segundo o al tercero, me golpeé en la espinilla, sentí mucho dolor y lo recordé durante días. Poco después volví a golpearme con tanta fuerza que me hice una herida que sangraba a través de los pantalones. Ni que decir tiene que también fue muy doloroso. A partir de ahí, supongo, volví a la rutina de siempre, a tener las piernas llenas con los cortes y los arañazos que me había hecho sin darme cuenta. La única diferencia fue que las primeras veces tras el regreso del curso de yoga, los golpes que me daba me dolían más o, al menos, yo estaba más consciente para darme cuenta de ellos.
   Ser más consciente, estar más atento significa, entre otras cosas, sufrir un poco más por lo que es doloroso y, también, gozar un poco más con lo que es placentero. En consecuencia, es más fácil dejarse llevar por las pasiones, o perder la concentración en los sinsabores y, al fin, volver a desconectar, dejar de ser consciente y...
...perder en pocos días lo que habías ganado en consciencia durante el curso.
   Por supuesto, el yoga es cuestión de años y no de una semana. Aunque yo llevaba practicando yoga de forma bastante irregular desde hacía dos décadas y de manera más asidua durante los últimos meses, no podía pretender ser mucho más consciente de la realidad, a tiempo completo, por haber estado presente en un curso de una semana. Porque, claro, no es lo mismo la práctica dentro de un estudio, o en un entorno controlado como puede ser el salón de tu propia casa, que de vuelta a la vorágine estresante del día a día en un trabajo cara al público. Como dice el proverbio: Es la práctica la que hace el maestro, y no el diploma que acababa de mandar a enmarcar.
   La dificultad del yoga, o de los trabajos cara al público, es la misma que la de los deportes artísticos (patinaje artístico, gimnasia rítmica, natación sincronizada...), que no es la de realizar un ejercicio dificilísimo, sino hacerlo, y además acabar con la cara sonriente.
Esto, antes de ser una posición para la gimnasia rítmica, era una postura de Yoga
   Uno ve cómo llegan los corredores de los cien metros lisos después de tan sólo 10 segundos de carrera y tienen la cara desencajada, se tiran al suelo, o se quedan con las manos en los riñones tratando de coger aire desesperadamente como los peces fuera del agua. En cambio, tras un doble salto mortal en suelo, tienes que caer de pie, sin rebotar y sonriendo. En yoga además ni siquiera puedes perder el ritmo de la respiración.
   A lo que iba, después de tantos golpes, el cuerpo y la mente se protegen. El cuerpo libera anestésicos naturales y la mente desconecta de la realidad, con lo cual andamos por el mundo constantemente anestesiados, unos de forma totalmente natural y otros a base de drogas, pero todos (o casi todos) de forma insconsciente.
   Para terminar, lo que dijo Leena Patel:
... by the way, do not belittle the value of doing 'flossingyourteethasana'. Anything that you do mindfully and with your full attention is yoga.
Es decir:
... por cierto, no menosprecies el valor de hacer "cepillándotelosdientesasana". Todo lo que haces conscientemente y con toda tu atención es yoga.

jueves, 9 de septiembre de 2010

La realidad acolchada

   El día que llegué al curso para profesores de yoga tenía las piernas llenas con las magulladuras que me había hecho sin darme cuenta en el trabajo. No recordaba cómo me las había hecho, probablemente me había golpeado la espinilla sin querer con una gran escalera móvil que tenía que desplazar por toda la nave. O simplemente mientras andaba apresurado entre la gente al darme contra algún borde de una estantería. Gracias a que llevaba botas no tenía golpeados los tobillos. Era algo habitual. Siempre, justo antes de empezar las vacaciones, tenía las piernas llenas de cortes, arañazos y costras, y las uñas de las manos rotas. Normalmente después de tres semanas volvía "reparado", con las heridas convertidas en cicatrices, las magulladuras desvaídas y las uñas limpias y compuestas.
   Durante la semana del curso, tuve la sensación de estar dentro de una realidad acolchada. En comparación con el estrés de mi trabajo entre máquinas y herramientas afiladas corriendo de acá para allá, la sala donde desarrollábamos las clases de yoga, un espacio diáfano lleno de colchonetas, o la playa de arena donde hacíamos nuestra primera sesión al amanecer, se me mostraban como una realidad acolchada y segura, un paraíso mullido en el que no te tenías que preocupar nada más que de tu respiración y tu postura.

Haciendo la postura del diamante durante el curso de profesores

   Así es fácil. Quiero decir que es fácil estar concentrado en tu respiración si no hay distracciones, pero la práctica, la verdadera práctica no se desarrolla hasta que no vuelves a la realidad "real", al mundo habitual de distracciones y salientes afilados. En la próxima entrada comentaré cómo me fue durante esos primeros días de vuelta al trabajo tras el curso, con mi recién estrenado título de profesor de yoga, lo que me recuerda lo que me dijo mi profesor de autoescuela el día que aprobé el examen práctico: "Ya tienes el carnet, ahora sólo hace falta que aprendas a conducir".