jueves, 9 de septiembre de 2010

La realidad acolchada

   El día que llegué al curso para profesores de yoga tenía las piernas llenas con las magulladuras que me había hecho sin darme cuenta en el trabajo. No recordaba cómo me las había hecho, probablemente me había golpeado la espinilla sin querer con una gran escalera móvil que tenía que desplazar por toda la nave. O simplemente mientras andaba apresurado entre la gente al darme contra algún borde de una estantería. Gracias a que llevaba botas no tenía golpeados los tobillos. Era algo habitual. Siempre, justo antes de empezar las vacaciones, tenía las piernas llenas de cortes, arañazos y costras, y las uñas de las manos rotas. Normalmente después de tres semanas volvía "reparado", con las heridas convertidas en cicatrices, las magulladuras desvaídas y las uñas limpias y compuestas.
   Durante la semana del curso, tuve la sensación de estar dentro de una realidad acolchada. En comparación con el estrés de mi trabajo entre máquinas y herramientas afiladas corriendo de acá para allá, la sala donde desarrollábamos las clases de yoga, un espacio diáfano lleno de colchonetas, o la playa de arena donde hacíamos nuestra primera sesión al amanecer, se me mostraban como una realidad acolchada y segura, un paraíso mullido en el que no te tenías que preocupar nada más que de tu respiración y tu postura.

Haciendo la postura del diamante durante el curso de profesores

   Así es fácil. Quiero decir que es fácil estar concentrado en tu respiración si no hay distracciones, pero la práctica, la verdadera práctica no se desarrolla hasta que no vuelves a la realidad "real", al mundo habitual de distracciones y salientes afilados. En la próxima entrada comentaré cómo me fue durante esos primeros días de vuelta al trabajo tras el curso, con mi recién estrenado título de profesor de yoga, lo que me recuerda lo que me dijo mi profesor de autoescuela el día que aprobé el examen práctico: "Ya tienes el carnet, ahora sólo hace falta que aprendas a conducir".

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