Al principio de Los Miserables hay toda una parte muy larga dedicada a describir la vida de un párroco o un obispo, ya no me acuerdo. Esta meticulosa descripción, aparte de que Victor Hugo fuera un poquito pesado, tenía un objetivo: dejar totalmente claro que la vida del cura era totalmente santa e intachable. ¿Por qué? Porque a continuación ocurre el suceso del robo y cuando el párroco ve al ladrón le dice "yo te bendigo", no al modo mecánico como hacen los curas habitualmente, sino con toda la fuerza de su voluntad y con toda la autoridad que da una vida íntegra. A mí ni se me había pasado por la cabeza que un bendición pudiera ser de tal calibre como una maldición, de tal forma que el que la recibe se siente "obligado".
¿Por qué si alguien nos maldice nos cabreamos y en cambio si alguien nos bendice apenas le damos importancia? Al fin y al cabo, la autoridad de las personas que lanzan maldiciones suele ser tan poca o menor que la de las que reparten bendiciones. No nos debería preocupar.
De hecho el poder de una maldición está más en la importancia que le damos que en su verdadero poder intrínseco, puesto que esas palabras se lanzan sin fuerza, sin que el que las diga lo haga con verdadera intención. Por eso se dice aquello de "lo ha dicho sin pensar", o "en realidad no quería decir lo que dijo". Pero puestos a retorcer las cosas, es más probable que uno que te maldice esté más en sintonía con lo que dice que uno que te bendice.
Sin embargo, como en la novela de Victor Hugo, una bendición puede ser implacable e ineludible y transformar para bien a una persona de por vida. El requisito, lo más difícil, es que quien la reparta esté en sintonía con ella, es decir que lleve una vida inmaculada y santa, de tal forma que no importe tanto si el que la recibe esté dispuesto o no a recibirla. Aunque hay quien dice que en realidad, las palabras y los pensamientos son como ondas de radio, y que nosotros somos como receptores y que solo podemos recibir aquello que sintonizamos, es decir que si nuestros pensamientos son de bondad, o amor, no podremos recibir, o no nos afectarán los pensamientos de maldad u odio. Estaremos sintonizando el canal de la bondad y por eso, como las radios que sólo pueden sintonizar un canal a la vez, sólo recibiremos pensamientos de bondad. Tal vez por eso, Victor Hugo se encarga de hacernos ver que en realidad el ladrón no era una persona mala y peligrosa tal como ponía en su pasaporte, y que sólo había robado anteriormente una hogaza de pan. Podemos usar eso a modo de escudo protector cuando alguien venga a molestarnos, porque de otra forma, si nos afectan sus palabras, es que estamos sintonizando con los mismos pensamientos del que nos ataca. "Nos estamos poniendo a su nivel". ¿Cuántas veces, cuando alguien intenta atacar a otra persona y no le valen argumentos, recurre al insulto? Lo hace porque así puede, con palabras que nos afecten personalmente, hacer que dejemos de pensar en cosas buenas, y que comencemos a pensar en cosas malas. En ese momento habremos perdido el escudo protector. Al "entrar al trapo", nos "sentimos heridos" por lo que otro dice aunque sea mentira.
De pequeño, yo era quisquilloso, me gustaba polemizar y lo que más me molestaba era cuando no me hacían caso y se ponían a silbar, o a no hacerme caso. En ese momento toda mi rabia se volvía contra mí mismo porque rebotaba en los escudos protectores de los demás.
Las palabras ganan o pierden fuerza en función de quén las dice. Recuerdo a una antigua compañera de trabajo muy simpática, que jamás alzaba la voz y que nunca decía una palabrota. Un día se enfadó tanto que soltó un breve "leñe" de indignación. Cualquier otra persona hubiese provocado la risa, sin embargo nos sonó mucho más terrible que todos los "me cago en su puta madre" del resto de los que solían maldecir.
Recuerdo también una antigua leyenda que decía que si estás sin hablar durante unos cuantos años, la primera cosa que formules en voz alta se cumplirá. La leyenda no aclara si es una especie de "magia" que materializa deseos, o si simplemente el que no ha abierto la boca durante años y, por tanto, no ha dicho una mentira en todo ese tiempo, se ve obligado a seguir sin decir una mentira por mucho tiempo más. En este último caso sería como la bendición de los miserables. El ladrón se ve obligado a aceptar la promesa de llevar una vida intachable los años que le quedan.
En cualquier caso, para los curiosos, tengo que decir que el voto de silencio, no sólo consiste en no hablar externamente, sino en no hablar internamente tampoco. En mantener a raya los pensamientos y los deseos inconvenientes. Valdría igual hablar poco pero siendo consciente de lo que se dice, lo cual, en estos tiempos de "hablar por hablar", donde el hablar la mayoría de las veces no es para un propósito, sino que la charla ociosa es un fin en sí mismo, se me antoja difícil.
Yo no llevo ni una vida santa ni intachable, pero por si acaso:
YO TE BENDIGO.



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