La principal razón por la que me saqué el título de profesor de yoga fue para "obligarme" a mantener durante unos meses una disciplina que me ayudara con los problemas de columna. Después de decenas de libros leídos sobre el tema y de años de práctica más o menos irregular, yo ya sabía tanto de yoga como casi cualquier experto, y sabía lo bueno que podía llegar a ser para mi maltrecha columna, sin embargo nunca me había puesto "en serio" con una práctica regular. No fue hasta después de un fuerte ataque de ciática que me decidí a seguir el curso. "Tal vez lo haga durante unos meses", me dije, "aunque sólo sea por amortizar el dinero que me cuesta".
Anteriormente había tenido diversos dolores en la espalda, cervicalgias o lumbalgias, pero el ataque de ciática me tuvo de baja durante casi tres semanas, retorciéndome de dolor cada vez que tenía que apoyar la pierna izquierda. Y, aunque los calmantes y los antiinflamatorios hicieron su efecto, no me resigné a pasar el resto de mi vida alternando ataques, con medicamentos de graves efectos secundarios, como la adictividad de los calmantes y los daños en el sistema digestivo de los antiinflamatorios.
Uno de los primeros consejos que me dio la doctora fue que no cogiera peso (en los dos sentidos, en el de no acarrear grandes pesos y en el de no aumentar mis kilos en la báscula). En un principio, no me propuse bajar de peso como un objetivo prioritario, puesto que mi IMC (índice de masa corporal), estaba dentro de los límites. Para los hombres adultos el IMC recomendado está entre 20 y 25 y para las mujeres de entre 18,5 y 25. La fórmula es la siguiente: peso (en kg) / altura al cuadrado (en m). En un período de unos diez años, yo había ganado lentamente unos 7 u 8 kilos y mi IMC era 24,5.
La primeras medidas que tomé fue cambiar el colchón viejo de muelles por uno nuevo de látex, y cambiar la almohada tradicional por una "mariposa cervical", así como dormir con otro par de almohadas para mantener la posición de la columna algo más recta durante el sueño. En el trabajo incorporé a mi vestuario una faja de seguridad. En cuanto a la alimentación tan sólo reduje el consumo de carne, principalmente el de carne roja, y sustituí algunos alimentos refinados por sus equivalentes integrales (pan, azúcar, harina, pasta y arroz). En ningún momento reduje la cantidad de comidas diarias, ni tuve la sensación de que se redujera la cantidad consumida en cada comida. Tal vez, eso sí, al ser más consciente de lo que comía, piqué menos entre comida y comida. Además complementé la posible falta de proteínas, hierro y de vitaminas del complejo B, debido al bajo consumo de carne, con complementos nutricionales como la jalea real, el alga espirulina, el aceite de germen de trigo, la lecitina de soja y la levadura de cerveza, (al final prácticamente estaba comiendo más que antes). También sustituí los yogures de sabores por los naturales de bífidus.
En cuanto al ejercicio físico, no creo que incrementase en más de unas pocas calorías diarias mi gasto energético, puesto que en el trabajo mi actividad era la misma, y el yoga es de tal naturaleza que incluso sudar, o tener la respiración agitada se considera un indicio de que no lo haces bien. Mi práctica era la mayoría de los días de una hora y media, de los cuales casi una hora la pasaba sentado o tumbado entre relajaciones, ejercicios respiratorios o de concentración. El resto era una media hora de posturas y secuencias más bien suaves.
Después de tan sólo unos pocos meses de práctica constante mi IMC se situó en 20,8.
El primer sorprendido fui yo. Puesto que ya he comentado que mi objetivo no era perder peso, sino más bien, fortalecer mi espalda, hacerla más flexible, ser más consciente de las malas posturas y ser más cuidadoso cuando hacía mi trabajo. ¿Cómo es que se redujo en casi 10 kilos mi peso en menos de 5 meses?. Una de las respuestas posibles la daré en la próxima entrada.

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